Romper con el alcohol

En México, el alcohol mata a más personas que el narcotráfico: 24 000 al año tan sólo en accidentes de tránsito. Aquí te contamos cinco historias donde sus protagonistas –Sofía, Juan Jessica, Yocu y Paco– bebían alcohol como si fuera agua, pero hechos desafortunados los obligaron a dejar de beber

16 de Noviembre 2018

Foto Revista Cambio

POR ROGER VELA

Abrí los ojos y la luz me cegó; el brillo entró por mis retinas y se metió a mi cabeza como un taladro que empezó a trabajar sobre la superficie de mi cerebro. Mi frente comenzó a dolerme como si fuera concreto rompiéndose dentro de mi cabeza. Traté de incorporarme sobre el desgastado colchón, pero las nauseas me lo impidieron. El sudor cubría mi rostro y elevaba mi temperatura. El eco del medio día calaba mis oídos y la resequedad de mis labios los mantenía pegados. Tragué saliva y tomé valor antes de abrir los ojos nuevamente, cubriendo mi vista con la mano derecha para evitar morir como un vampiro con los rayos del sol. Vi el techo, el color de las paredes, los muebles… y no reconocí el lugar. De inmediato busqué mi celular y mi cartera; estaban junto a mí. Aliviado pensé: “No vuelvo a tomar”.

Obviamente no lo cumplí. Ese breve despertar lo puede haber contado a los 16 años en la prepa, a los 21 en la universidad, a los 25 en el trabajo o a inicios de este año. Es la clásica penitencia que pagamos por excedernos en nuestra manera de beber, aunque la olvidamos horas o días después para continuar la fiesta. No nos engañemos, a todos nos ha pasado una o varias veces. Somos sujetos sin memoria etílica que no cumplimos las promesas que nos hacemos. Nos mentimos a nosotros mismos, o tal vez fingimos engañarnos pero ni siquiera nos creemos. Nos sumergimos en una espiral de tragos, diversión, más tragos, alegría, más tragos, euforia, deshidratación, somnolencia, resaca, culpa, malestar, hidratación, descanso y ganas de beber nuevamente.

Las estadísticas no mienten: un reporte de Kantar World Planet, una agencia de investigación internacional de mercados, ubica a México como el sexto país que más consume cerveza en el mundo. Casi tres cuartas partes de los hogares mexicanos compran cerveza y otros alguna otra bebida alcohólica, no por nada mostramos orgullosos nuestras creaciones líquidas como el pulque, el mezcal o el tequila. Quizá por esa razón cuando se habla de alcohol, todos tenemos historias, algunas divertidas, otras chuscas, unas raras, trágicas o traumáticas. Sin embargo, ¿qué pasa cuando el consumo de alcohol comienza a ser un problema? ¿Qué hacer cuando la fiesta se acabó pero no tus ganas de beber? ¿Cómo afrontar al espejo cuando refleja lo mala copa que eres?

Aquí te presentamos cinco breves historias de cómo romper con el alcohol antes de que te rompa ti.

El ex de la autopista

Sofía ya tenía problemas con el alcohol a los 16 años. Su novio era alcohólico y ella tomaba demasiado mientras estudiaba el bachillerato. A esa edad varias veces experimentó lagunas mentales después de alguna fiesta en la que bebió de más. Borracha, su libido aumentaba y tenía relaciones sexuales con quien fuera. Despertaba rota moralmente, pero seguía tomando.

Para ella era algo normal. Desde pequeña notó que sus padres se embriagaban constantemente, incluso en una ocasión vio cómo su madre llegó con el rostro bañado de sangre porque había chocado en el auto con su padre. El vehículo quedó destrozado; sin embargo, no llamaron a los servicios médicos con el fin de que no fueran detenidos.

Dejó el alcohol en su etapa de universitaria, cuando se enteró de que su exnovio de la secundaria se había estrellado en la Autopista del Sol. La muerte de su expareja de adolescente marcó su vida para siempre. No acudió a ningún grupo de ayuda, simplemente decidió no seguir el camino de sus padres ni de sus amigos que cada ocho días arriesgaban su vida. Conoció a más personas, buscó un nuevo lugar donde vivir y cambió completamente de ambiente. Ahora es rarísima la ocasión en que bebe, no recuerda cuándo fue su última borrachera. Han pasado más de 20 años desde que abandonó su etapa etílica.

Excesos musicales

Una decepción amorosa llevó a Yocu a experimentar en su boca un sabor totalmente ajeno a sus papilas gustativas. A los 15 años invitó a sus amigos a tomar la bebida cubana por excelencia, el ron, que en México es usual acompañarlo con refresco de cola, pero ellos decidieron tomarlo solo. Años más tarde, Yocu inició su carrera como baterista. El éxito de su banda de Ska, Los de abajo, le trajo una vida de excesos.

Lo que más consumía era cerveza. Entre semana o los fines el consumo aumentaba y se mezclaba con otras sustancias. El primer desencuentro con el alcohol fue en medio de una gira por Estados Unidos. Sin mayor detalle, cuenta que en el hotel donde se hospedaban los grupos mexicanos pasaron cosas bastante desagradables que lo hicieron reflexionar. Decidió dejar de beber, aunque en el mundo de la música parece algo imposible. Sus amigos en lugar de ayudarlo lo motivaban con el propósito de que siguiera bebiendo.

Durante 20 años consumió alcohol en cantidades considerables, pero la fuerza de voluntad y los problemas de salud que lo alejaban de su pasión musical fueron la mayor inspiración para que dejara de beber. Hoy en los after o en las fiestas bebe refresco, y a pesar de que en alguna ocasión especial puede brindar con una copa de vino, jamás ha vuelto a mezclar la música con el alcohol.

El hijo honesto

Juan estaba borracho pero no inconsciente. Alcanzó a escuchar cómo su hijo de siete años le decía: “¡Pinche borracho!”. Nunca había visto así, tan llena de rabia, la cara de su primogénito porque su padre, una vez más, había llegado ebrio a la casa. Para ese entonces, Juan llevaba ya buena parte de su vida embriagándose.

Comenzó a los 14 años. Lo primero que bebió fue vodka, y quedó atrapado. Poco a poco el consumo se hizo más frecuente y aumentó su intensidad. Al ser originario de Oaxaca, desarrolló un gusto enorme por el mezcal de ese estado, lo bebía como agua. Era un alcohólico de carrera larga, nada lo detenía, bebía diario. Hasta esa noche de 1987 cuando su hijo le dijo lo que todos pensaban.

Han pasado más de 30 años y presume no haber bebido una gota de alcohol en todo ese tiempo. Su mayor motivación para dejarlo fue el amor por su familia, y le ayudó bastante dejar viejas amistades de un círculo social que lo presionaban con el fin de que siguiera bebiendo. Dice que si uno tiene fuerza de voluntad sí es posible dejar de tomar de un día para otro. A él le funcionó.

Los punks sanos

Jessica tenía 14 años cuando decidió no beber alcohol. No es que fuera una borracha a esa edad, simplemente no le llamaba la atención. Después conoció a un grupo de punks que se hicieron sus amigos y le enseñaron los principios del Straight Edge, un movimiento nacido en California a inicios de los años 80 en el que los que lo integran dejan de consumir alcohol, fumar tabaco e ingerir drogas.

La adolescente lo adoptó como su estilo de vida. En las fiestas tomaba agua o refresco y se dedicaba a cuidar a sus amigos ebrios. Nunca se sintió fuera de lugar, se daba cuenta de cómo la bebida transformaba a sus amigas, por tal motivo debía protegerlas. Con el paso del tiempo conoció a otras personas, rompió su compromiso y comenzó a beber.

Ahora tiene 26 años y nunca ha sido una alcohólica, aunque sí se ha emborrachado. Eso le ha generado algunos problemas que la han hecho reflexionar sobre si es momento de volver a sus viejas prácticas y llevar una vida más sana; quizá nunca es demasiado tarde para volver a los orígenes.

La soledad de la abstinencia

El alcoholismo de Paco desintegró a su familia. Los problemas que acarreó después de 25 años de beber le cobraron factura y decidió rehabilitarse voluntariamente, motivado por la presión familiar. Era demasiado tarde para reparar los errores del pasado, pero no para enmendar el camino y cambiar su forma de vivir.

De la misma forma que ocurrió con Sofía, Yocu, Juan y Jessica, los amigos de Paco lo invitaban a beber, sobre todo cuando salía de su grupo de Alcohólicos Anónimos, por eso decidió ser un hombre solitario. Sabe que si tiene amigos recaerá en la bebida con todos lo problemas que eso significa, por eso ha preferido la soledad que, aunque a veces le pesa, le provoca tranquilidad.

Ahora ya no bebe, y eso lo ha hecho darse cuenta de que puede llevar una buena relación con su familia si se encuentra sobrio. No puede recuperar el tiempo perdido, pero sí mostrarse como alguien diferente con sus seres queridos y ayudar a otras personas que se encuentran ante el abismo que él ya logró cruzar.

Estas son algunas historias de quienes pudieron enfrentar su alcoholismo de manera exitosa o que están en proceso de ganarle la batalla a una de los vicios que, en México, mata a más personas que el narcotráfico: 24 000 al año tan sólo en accidentes de tránsito, según la Organización Panamericana de la Salud. A eso hay que sumarle las enfermedades que genera.

Por ello es importante reconocer si es que tenemos un problema con nuestra manera de beber, porque más allá de ser un mala copa, podemos estar causando bastante daño en nuestro entorno, en nuestro organismo o en la sociedad. Siempre es bueno quitar el pie del acelerador y meter el freno, antes de tomar una curva que no sepamos manejar y que nos llevará a estrellarnos contra el muro de nuestra realidad.

 

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