No queremos su odio

02 de Octubre 2017

Autor

Por Alejandra del Castillo

No queremos su odio contra las mujeres. No lo queremos ni en la más pequeña de sus manifestaciones. Porque el odio no nace con un grito eufórico en que se hace una declaración textual de repulsión. El odio contra las mujeres es una progresión de actos violentos en cadena. Se engendra con una construcción en la que una mujer es débil y delicada desde niña, donde sólo puede ser bonita como mamá, nunca tan fuerte como papá.

Podemos ser y hacer todo, aunque la mitad del mundo no lo crea.

No corremos como niñas, corremos sobre nuestras dos piernas como todos. Nadie llora como niña, lloramos porque el derecho al llanto no se nos ha negado.

Dejen de repetir “¡tú no porque eres niña!” sólo porque cuando no quisieron ponernos una capa, nos la ciñeron en la cintura a manera de falda o de vestido.

No somos menos inteligentes o menos capaces, no merecemos ser excluidas por las ideas falsas de inferioridad que comienzan por mandarnos a una sala de espera para ser elegidas por un hombre que nos proteja.

No queremos su odio. No lo queremos cuando la existencia de una mujer queda en estar sólo al servicio de los hombres. Cuando la ternura de una mujer es el acto angelical que los otros usan a fin de negarse a servir y amar. Cuando confunden que la actitud de servicio es una obligación. Cuando una mujer existe para el otro sin derecho a pensarse por ella misma.

No queremos su odio cuando a una mujer le es negado el derecho a estudiar. Cuando define su vocación y le recuerdan que no es una profesión de mujeres. Cuando le niegan los espacios, las oportunidades y el sexismo la expulsa del aula de clases.

No queremos su odio cuando el trabajo de la mujer es el mismo que el de un hombre, pero a ella se le paga menos y se le trata con recelo. Cuando a ellas se les omite la mirada en las juntas, cuando se le reprime al hablar o se le pide invisibilidad. Cuando ellas no tienen oportunidad al ascenso porque siempre será mejor un hombre que no se embaraza.

No queremos su odio cuando nos mansplican, nos mansinterrumpen o cuando mansloguean. Tampoco queremos el manspreading como recordatorio del poco lugar que hay para las mujeres en el mundo.

No queremos su odio cuando se usa el amor como un arma letal. Cuando estar contigo significa que me perteneces, cuando una mujer queda cosificada y a la disposición de quien dice amarla.

Te cuido porque te quiero: entonces no salgas, no tengas amigos, no te vistas así, ¿dónde estás? Nadie te va a querer como yo.

No queremos su odio cuando caminamos por la calle y nos silban como animales, cuando creen que al imponer un piropo tenemos que ser agradecidas y nunca pensar que es acoso.

No queremos su odio cuando piensan que pueden tocarnos, que nuestro cuerpo es su derecho. Cuando les cuesta trabajo comprender que no es no, aunque se digan aliados, feministas o que les encantan las mujeres y se declaren incapaces de forzarlas a hacer algo que no desean.

No queremos su odio cuando nos someten y nos violan, cuando la única forma de imponerse sobre las mujeres es con violencia.

No queremos su odio cuando nos responsabilizan de ser víctimas. ¿Cómo iba vestida? ¿Seguro que ella no se lo buscó? ¿Por qué salió a divertirse sin pensar que no tendría consecuencias? ¿Bebió? ¿Consumió drogas? No tenía que hacer nada en la calle a esas horas de la noche. La libertad las expone. Sus derechos las ponen en riesgo. Para qué se expone.

No queremos su odio cuando creen que debemos quedarnos encerradas en casa, esperando permiso, llenas de miedo, completamente sin derechos.

No queremos su odio cuando a una mujer que defiende sus derechos a través del feminismo es llamada feminazi para señalarla, burlarse de ella y silenciarla en su manifestación contra el machismo.

No queremos su odio cuando no toleran que una mujer se empodere con la finalidad de decidir.

No queremos su odio cuando amenazan con violaciones a las mujeres que se atreven a denunciar. Cuando la promoción de la cultura de la violación pretende otorgar permiso y justificación con el propósito de violentar, transgredir y usurpar un cuerpo que no les pertenece.

No queremos su odio cuando la amenaza puntual es una violación correctiva.

No queremos su odio cuando somos más las mujeres que se organizan para cuidar y defender a las otras, y la sororidad nos encamina a la colectividad.

No queremos su odio cuando las violencias machistas culminan con un feminicidio. Cuando dicen que nos matan por ser mujeres no sólo significa que poseemos una vagina, nos matan porque ante los ojos del agresor nuestra vida no tiene ningún valor, entonces nos tratan con menosprecio y misoginia, nos privan de la libertad, nos atacan con saña, hieren nuestro cuerpo y nos mutilan, nos atacan sexualmente y luego se deshacen de nuestros restos.

No queremos su odio cuando nos organizamos por buscar a las nuestras, cuando queremos decir sus nombres y contar sus historias para que el silencio no encubra la violencia, no la normalice y la deje en el olvido.

Nunca, ningún ser humano, merece tanto odio.

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